11/10/08

Personalidades

Árkalan cruzó el portal y pisó un charco de agua. Lo miró y vio como la salpicadura se unía y el reflejo de otros tres hombres iguales a él aparecía en el agua.
— ¿Quiénes son ustedes? — preguntó mientras desenvainaba su espada.
— Soy Árkalan. Sirviente del Ejército Oscuro — dijeron todos a excepción de uno al unísono.
— Decime quien sos vos y te digo mi nombre — dijo el que no había hablado.
— Yo soy Árkalan. ¿De dónde saliste? — le respondieron al mismo tiempo.
— ¿Qué pasa en éste lugar? Busquemos una criatura que nos pueda explicar esto — propuso uno.
— A mi no me importa que pasa, voy a quedarme a dormir bajo la sombra de éste árbol y después sigo con lo que hacía — dijo un Árkalan.
— ¿Ustedes vienen? — les preguntó otro al resto.
— Si, vamos. ¿Les parece buena idea identificarnos con números?
— Es buena idea. Yo soy Uno, el pelotudo que está tirado es Dos, vos sos Tres y vos Cuatro. Vamos que estoy cansado de estar con ustedes.
— A nosotros tampoco nos gusta estar con vos, vayamos rápido — dijo Cuatro. Al mismo tiempo que corría por el sendero.
Uno y Tres lo siguieron y más tarde él y Uno jugaban carreras y dejaban a Tres atrás. Diez minutos después ellos estaban muy cansados y se sentaron en el pasto para esperar a Tres. Él no tardó en llegar y los obligó a caminar a pesar del cansancio.
Una hora más tarde vieron una aldea y corrieron a ella buscando algún tipo de vida que les pueda responder sus preguntas. Enseguida vieron unos a unos chicos que jugaban con una pelota. Cuatro sugirió que lo dejen hablar a él y los otros aceptaron.
— Chicos, pisé un charco y aparecieron ellos, ninguno sabe quien es el otro ni de donde salió.
Los chicos se rieron y les dijeron que esperen mientras llamaban a su padre. “¡Papá!” gritó uno de ellos y un hombre salió de una cabaña.
— ¿Qué pasa? — dijo, y al ver a los Árkalan sonrió y caminó hacia ellos.
— ¿Pisaron el charco y aparecieron los otros, no? Y seguro que uno se quedó en el camino.
— Si. ¿Cómo sabe eso? ¿Qué nos pasó?
— El charco divide al verdadero ustedes en sus tres personalidades más notables. Creo que el que falta es la vagancia, el miedo o el débil que murió ¿No? Aunque también puede ser el verdadero.
— El pelotudo se quedó durmiendo en el pasto. ¿Cómo hacemos para saber quién es el real?
— Vos debés ser el malo, quien sea el verdadero parece que es una mala persona. Los espejos reflejan solo al real, mírense en uno y sabrán cual es. Vengan a mi casa.
Todos siguieron al hombre que los llevó a su sala de estar y les prestó un espejo. Uno no se reflejó lo que lo hizo enojar y tiró el espejo al suelo.
— ¿Podría traernos otro? Cuando sepamos quien es el real se lo pagaremos — dijo Tres.
— Yo no voy a pagarle nada — aclaró Uno.
— Está bien, les traigo otro — dijo el hombre mientras les llevaba otro espejo.
Tres miró el espejo pero no estaba su reflejo.
— Seguramente vos sos Árkalan — le dijo a Cuatro
Cuatro miró el espejo y al ver su reflejo se llenó de felicidad.
— ¿Cómo nos juntamos de nuevo? — le preguntó al dueño del espejo.
— Tienen que pisar el charco otra vez mientras tienen una Nethnals en la boca.
— ¿Nethnals? Por la terminación estoy seguro que es una flor.
— Si, es una flor. Tiene los pétalos amarillos y su tallo es azul. Crecen en el lago Neth, a siete kilómetros de acá.






La imagen que adjunté fue hecha por mi porque los resultados de la búsqueda de Google no me convencieron.

6/10/08

Nunorpa Ed

Árkalan llegó a lo alto de una colina cansado por el largo viaje a pie. No sabía donde estaba pero desde ahí podía ver un acantilado en el que notó puertas de hierro dispuestas en varios pisos.
Siguió caminando y vio que, perpendicular al acantilado que había visto se extendía otro y que un estrecho pasaje pegado al primero llevaba a él. Avanzó a través de él y encontró unos enormes tablones de madera sostenidos por columnas, que se extendían entre los acantilados formando un piso. Ese lugar solo podía ser un antiguo muelle deshabitado, probablemente porque se había secado el río.
Un frío viento corrió entre las grandes cajas de madera y las dos grúas que había en el lugar. Árkalan se sentó con la espalda apoyada en una caja y se dispuso a descansar.
Mientras él miraba las largas cadenas que colgaban de las grúas una mano se apoyó en su hombro derecho y tiró de él. Árkalan se levantó de un salto, dio media vuelta y desenvainó su espada. Frente suyo estaba parado un hombre harapiento.
— ¿Quién sos y por qué me tomaste por sorpresa? ¿Qué es este lugar? – Preguntó Árkalan.
— Eso no importa, váyase de este lugar antes de que ellos vuelvan – Dijo el hombre vestido de harapos de color índigo.
— ¿Antes de que vuelvan quiénes? Respondé a mis preguntas, no me voy a ir.
— No hay tiempo para hablar. ¡Váyase, corra hacia el oeste!
Árkalan notó que el hombre traía un grillete en su tobillo y que su hediondo olor ya lo estaba mareando.
— ¿Qué pasó acá? ¿Quiénes son ellos? Seguramente ellos pusieron ese grillete en tu tobillo.
— Supongo que no se va a ir. Le digo lo que quiera a cambio de su ayuda. Usted parece alguien poderoso.
— Bueno, respondé a mis preguntas y decime Ar. Que me digan señor me recuerda lo lejos que estoy de casa.
— Está bien…Ar, como quieras – Dijo el hombre mientras se sentaba en el suelo e invitaba a Árkalan a sentarse a su lado – Yo soy Yertág, ex jefe de carpintería de Ménaguel la ciudad de la esquina ¿No escuchaste hablar de ella? Que suerte, no me gustan los visitantes. Perdón por asustarte. Quería decirte que no era seguro que estés acá y mucho menos que estés dormido porque si ellos llegaban y te encontraban con la guardia baja no se que hubieran sido capaces de hacer.
— Entonces gracias por el aviso. Todavía no me hablaste de vos ni de las cosas que quiero saber.
— Hace ya dos años ellos, los “Nunorn” como se llaman a si mismos, llegaron y nos tomaron por sorpresa. Nuestro ejército intentó hacer algo pero ya era demasiado tarde, solamente mataron a dos y creo que eran los más inofensivos. Después de eso esclavizaron a otros hombres y a mí para cortar madera y construir un camino, un puente, algo así.
— ¿Cuántos son ellos? ¿Vos por qué estas acá si los árboles están arriba del acantilado?
— Creo que son alrededor de diez, todos usan armaduras que solo les dejan libres las manos. A uno le falta un dedo, lo habrá perdido en una batalla. Hace casi dos horas uno de ellos gritó algo en su idioma y todos corrieron hacia el este. En ese momento mis compañeros y yo rompimos las cadenas con las hachas que nos dieron; éramos doce pero nueve fueron a otra parte temiendo que ellos sigan acá, de los tres que veníamos uno se arrepintió y se fue, pero mi compañero y yo seguimos caminando, él está esperándome entre los árboles.
Cuando Yertág dijo eso un grito muy agudo se escuchó en el valle y su eco repitió muchas veces, luego se escuchó la caída de un árbol y otros gritos, solo que esta vez eran más gruesos.